19 de octubre de 2013

Prólogo a la Ciudad de los Césares, por Alejandro Alonso

LA FUNCIÓN prologuista, intuyo, es preparar al lector para la obra que está por leer. De modo que no me parece justo aburrirlo con extensas citas de años, títulos y premios. Nada de eso sirve para ponerlo en clima. Sí creo necesario señalar que esta colección de relatos de Carlos Gardini es especial. En primer término, porque La Ciudad de los Césares es la primera compilación de cuentos de este autor en casi treinta años. La última había sido Sinfonía Cero (1984). En esas tres décadas aparecieron compilaciones de otro tenor, como Cuentos de Vendavalia (1988), dedicada al público infantil y juvenil, y El Libro de las Voces (2004), que reunía dos de las novelas cortas de ciencia-ficción ganadoras del prestigioso premio de la Universitat Politècnica de Catalunya, el cual, dicho sea de paso, Gardini obtuvo en tres oportunidades.
Los relatos de La Ciudad de los Césares abarcan poco más de dos décadas de la producción del autor, desde “El miedo a la oscuridad”, que apareció en El Péndulo Libro número 2 en 1991, hasta el relato que da nombre al volumen, publicado en el número de otoño de 2013 de la revista Próxima. Los relatos salieron en revistas y libros —digitales y en papel— como Axxón, Cuásar, Próxima, No Retornable, Paura, Fabricantes de sueños, El Péndulo y Solaris, entre otras, y algunos de estos cuentos fueron traducidos al italiano, al francés y al inglés. A pesar del extenso período cubierto por los relatos y la diversidad de medios donde aparecieron, existe un poderoso hilo conductor, y eso nos lleva a la segunda razón que hace especial esta edición. Porque aquí resulta evidente que el conjunto es mucho más que la mera acumulación de las partes.
Como en todo libro de cuentos, existen varias formas de abordar la lectura. Se pueden leer los cuentos sin seguir la secuencia propuesta por el autor, subordinando el orden a factores de conveniencia (hablo del arte de elegir un cuento cuya extensión en páginas se aproxime a la duración de un viaje en tren, o la estadía en la sala de espera del dentista). Se puede también elegir el orden de lectura en función del impacto que los títulos, o las primeras frases, tienen sobre la sensibilidad del lector. O se puede seguir mecánicamente el orden prescripto en el índice. Sólo ensayé dos de estos abordajes, con el antecedente de que había leído la mayoría de los cuentos en sus publicaciones originales, y en algunos casos había charlado con el autor mientras esos textos eran concebidos. Sin embargo, la lectura del conjunto de las narraciones me permitió vislumbrar un universo más vasto, rico en ideas y especulaciones. Los cuentos comparten temáticas e inquietudes, y por ese motivo pueden interpretarse como parte de una búsqueda del autor. Sólo podemos acceder a ese universo fragmentariamente, al fin y al cabo sólo es una hipótesis de lectura. Pero en este contexto, el vacío, la página en blanco que separa un cuento del otro, resulta casi tan provocador como los mismos cuentos.
Casi todos los relatos gravitan en torno a un llamado que viene del pasado, una nostalgia que pone de manifiesto la pérdida, el mito, la deuda pendiente, la necesidad de cerrar círculos. Es probable que la jornada del lector también comience con un llamado parecido, cuyo tono e intensidad dependerán del cuento que elija para inaugurar la lectura. En esa jornada recorrerá, iterativamente, algunos temas comunes: la relación entre padres e hijos, la muerte, el peso de las ausencias, los mandatos (siempre ajenos, siempre condicionantes), las relaciones profundas entre las cosas y las personas, el amor trascendente… No importa demasiado si el relato se ubica en Fermín del Mar, Villa César, Puerto Ángeles o las Malvinas. Las historias parecen múltiples facetas del mismo diamante. Como se dijo: una búsqueda del autor, que ahora comparte con los lectores, pulsando en cada cuento una cuerda emotiva diferente. Alguna vez Gardini comentó que uno siempre escribe el mismo libro, y yo interpreté esa consideración como un pecado venial contra el imperativo de la originalidad. Este libro es la clara muestra de que yo estaba equivocado.
Y eso me lleva a la tercera razón por la que este libro es especial. Gardini es uno de los escritores argentinos más importantes en lo que refiere al género fantástico, pero él no se toma muy en serio las etiquetas y los géneros. En todo caso, el género y la etiqueta —incluso el imperativo de la originalidad, si vamos al caso— son sólo estribos muy precarios para que el lector se suba a la narración. Gardini es su propio género. Por eso le recomiendo al lector que deje aquí, entre las páginas de este prólogo, cualquier preconcepto relacionado con la literatura fantástica (a menudo lastrada por las épicas simplonas del bien contra el mal), la ciencia-ficción o el terror fantástico. Sí, claro, en los relatos existen criaturas arcanas, monstruos, zombis… En estos cuentos se respira magia y se siente la presencia de las fuerzas sobrenaturales. Pero todas esas presencias gardinianas poco tienen que ver con lo que ya conocemos. Gardini tiene sus propias galeras y sus propios conejos. Dicho esto, valga otra acotación. Más allá de las historias y los personajes, si alguna magia verdadera hay en estos cuentos, es la magia de las palabras. La forma en que las frases suenan, fluyen y hacen eco en el alma del lector. Es una magia que trasciende la lectura.
Dejé para el final lo más obvio, o al menos será obvio una vez que hayan leído los cuentos. La gran mayoría de los relatos transcurre a orillas del mar. No es sólo un detalle pintoresco. El mar asume aquí un rol activo, como puente hacia lo recóndito y lo ancestral, como portal de iniciación, como mensajero de otras realidades. Tampoco es accidental que el autor haya utilizado ese hilo conductor. Muchos de los cuentos fueron concebidos en esas maravillosas vacaciones fuera de temporada que pasaba Carlos Gardini junto al amor de su vida, Mirta, en Mar del Plata y Chapadmalal. Por estos motivos me parece sumamente auspicioso que esta colección de cuentos vea la luz por intermediación de Letra Sudaca, una editorial que tiene los mismos orígenes. No es casualidad, es justicia poética.