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24 de marzo de 2012

Sebastián Chilano habla de Poca cosa (parte II)


Segunda parte del discurso (nunca pronunciado) de Sebastián Chilano, donde nos da su opinión  sobre el resto de los escritores participantes de Poca cosa y sus respectivos cuentos.
         
Después del arranque superficial de mis historias, se viene Juan Carrá con los tapones de punta y con “La muerte de Carla” nos lleva al dramatismo y el horror, metidos, apresados, en los pensamientos de un asesino, y como si esto fuera poco, cuando angustiados pasamos al siguiente microrrelato nos encontramos con “Sobredosis” donde el escritor hace gala de un conocimiento (espero que prestado) sobre la materia. Algo aturdidos por el viaje, pasamos a la siguiente historia y nos sentimos aliviados. Renovados. “Un beso en la mejilla” empieza así: “El mar golpea con fuerza contra la escollera. La marea enmudece el ambiente. Santiago mira el horizonte sin mirar. Piensa. Recuerda” bueno, al fin un poco de alivio, piensa el lector, pero no, porque dos oraciones después dice: “A sus pies las rocas comienzan a teñirse de rojo. Marcela sangra en el último aliento. Está irreconocible. La bala le borró sus mejores facciones” y tras este comienzo que otra vez nos lleva al borde de la silla, el autor diseccionará (nunca mejor aplicado el termino para las palabras que usa este escritor enamorado del género policial) la historia hasta saber el por qué de este crimen pasional. O no.
Guille de horror y su microrrelato “Un instante” hacen honor a todo el libro. Desde la simpleza y lo cotidiano nos cuenta un mundo. Algo que es admirable en este tipo de narraciones. "11:48", otro de sus relatos también traduce al papel la lucha cotidiana con pensamientos que nos volverían locos, o al menos asesinos, si les hiciéramos caso.
Andrés Spennato en “Usos y destinos” nos revela las consecuencias, insospechadas, de restarle importancia a un botón flojo. Creo que me clavé varias agujas en los dedos después de leer esto, para no sufrir tales consecuencias. En “Viaje” dice, tomen nota por favor: “Aquel viajero tiene la mente ocupada. Lo sé porque las mentes se parecen entre sí, como las terminales”
Héctor Ranea nos lleva a “Lo que queda del plató” la historia de un plató donde se filma una versión clase B de la legendaria “El exorcista” con un olor en el ambiente cada vez más nauseabundo (y que piensan puede ser de algún animal muerto cercano) y que lleva al director a usar las máscaras que sobraron, inútiles, de la famosa epidemia de gripe A que tuvimos ¿tuvimos? hace unos pocos años. “Mariposas que nunca volaron” cuenta la colección que el Dr. Beninteso deja a la posteridad, con un ejemplar muy especial.
Daniel de Leo en "Álamos", donde dos fuerzas destructoras, opuestas y sin razones previas se cruzan y cercenan, unas a otras. O, más fácil, uno quiere talar un árbol y el otro impedirlo. Mismas fuerzas destructoras, opuestas, pero esta vez con razón, que se desatan en "Riña", en pugna por sobrevivir. Es decir, dos mendigos pelean por un pedazo de pan.
Martín Gardella es el defensor de pobres y marginales de la antología. Reivindica a 1) la fruta perdida (esa que en nuestros días Adán y Eva toman convertida en sidra), 2) a los fantasmas (¿ustedes sabían que los espectros adoran los deportes? Gardella sí, y tiene la gentileza de enterarnos) 3) a los vecinos que ocultan secretos 4) a las recetas de antaño para alejar la mala suerte y, por sobre todas las cosas 5) a los hombres que confunden, de vez en cuando, a qué pasa deben volver después del trabajo.
Hernán Domínguez Nimo en “El fin de mundo” le pregunta a un lector cómplice: “Qué harías tu último día” y enseguida da paso a su propia enumeración, que es un retorno a la infancia, de la peor manera posible porque es el último día y ya no habrá tiempo para purgar penas.
Fernando Figueras cuenta en “Los arpistas” una hermosa historia de vidas paralelas, de espejos, que se rompen por amor. En “Regalo de Morfeo” la vida paralela es entre el sueño y la realidad, que no se rompen, sino se unen en un resultado aterrador. “Diagnóstico” empieza con un diagnóstico médico desopilante, desconcertante, y sobre todo, perturbador: “Es una quebradura contagiosa”, dice el traumatólogo del microrrelato, tajante en su ficción.
Ramiro Sanchiz escribe “Embalse”, “Vacaciones para un hombre casado”, y “Lo visible y lo invisible” tres microrrelatos que comparten la asociación de los viajes con lo sobrenatural, en ellos hay una hermosa asociación hacia el también uruguayo Mario Levrero, y un gusto refinado por convertir en extraordinarios los lugares comunes de nuestra existencia. Lo mismo sucede con “Final del fuego” donde el viaje se hace en el agua, donde deja la playa del mundo viejo y al regresar, el nuevo mundo será tan desconocido como efímero.
Y Elaine Vilar Madruga, en una constelación de hombres, esta mujer supo escribir, a mi entender, la mejor de estas microficciones: “Abrir las puertas imposibles” se llama. Es el primero de los suyos, y al leer, después, el último de los suyos entendí que esta mujer logró escribir, a mi entender, la mejor de estas microficciones, se llama “La columna rota” y no me contradigo: doblo la apuesta por ella.

Sebastián Chilano habla de Poca cosa (parte I)


Esta es la primera parte del discurso (nunca pronunciado) de Sebastián Chilano sobre su aporte en Poca cosa. Aquí nos cuenta sobre los cinco relatos de su autoría que aparecen en la antología. 
 

 “Lagartijas brasileras” es un cuento que nació muy largo, porque es una historia real. No la viví personalmente, pero me la contaron unos amigos que la trajeron de un viaje y juran que es cierta. Me gustó la historia, incluso antes de que la contaran, por tanto no habían terminado su relato y ya me había decidido: tenía que escribir esa historia sobre lagartijas brasileras. Es más, creo que los saqué a la fuerza inmediatamente de casa y la escribí de un tirón, esa misma noche. Por eso, si esos queridos amigos estuvieron presentes la noche de la presentación, quiero agradecerles, y si no estuvieron (no los vi, pero se pueden haber escabullido) los entiendo perfectamente y no me ofendo para nada, aunque ellos se lo pierden.
En fin, como decía, escribí la historia en una noche y la verdad es que esa primera versión quedó demasiado extensa para mi gusto. Así que podé y recorté el cuento hasta dejarlo casi vacío y lo dejé reposar 6 meses o más hasta releerlo. Por supuesto que cuando lo volví a leer, todavía me pareció largo, ante lo cual, la pregunta no fue cómo solucionarlo, sino ¿cuántas palabras inútiles tenía esa primera versión?
Sin una respuesta, sí puedo decirles que “Lagartijas brasileras” es una historia verídica, que hice propia al escribirla en primera persona, pero a la cual no le pude dar la resolución que le dieron los personajes que la vivieron: lamentablemente se fueron de casa antes de contarme el final y como quise ser fiel al relato original (no es que no se me ocurriera nada) lo dejé como ustedes podrán leerlo.
En cambio el segundo microrrelato “El sótano de la clínica” no es una historia real, pero me encantaría que lo fuera. Me encantaría que algún sanatorio de la ciudad tuviera un sótano donde hubiera algo más que historias clínicas archivadas y humedad. Tendría que haber una especie de museo de la medicina, que sería algo así como un museo de terror con:
  1. Camillas ginecológicas antiguas.
  2. Fórceps colgando del techo. 
  3. Aparatos de radiografía antiguos. 
  4. Paredes adornadas con fotos en blanco y negro de quirófanos y equipos quirúrgicos de la época de oro de la Rambla, con bigotitos y ropa de hule para entrar al quirófano como si entrarán al mar. 
  5. Estantes con las jeringas de vidrio y frascos de Erlenmeyer llenos de agua coloreada, para hacerlo más drástico. 
  6. Piernas ortopédicas que sobraron. 
  7. Una sección de sillas de ruedas destrozadas, de férulas y aparatos para colgar brazos.
  8.  Un cuarto de radiografías veladas, con deformidades óseas de todo tipo, (y bien puestas, no al revés, como he visto en serias series televisivas). 
  9. Pero claro, nada de esto hay en las clínicas que cada vez tratan de vender más “asepsia y confort”, igual que los dentífricos. Pero no pierdo la esperanza, porque después de leer el cuento, el Dr. Celser, director de una clínica de la ciudad, se entusiasmó con la idea y me juró que intentará crear una especie de inventario fantástico.
Y justamente, “Inventario”, es el título del tercer cuento, un cuento que no es inédito, o sí, porque, nobleza obliga, vio la luz en la columna del diario La Capital de los domingos, en una especie de diccionario y que fue uno de los que, aparentemente, más gustó. Por eso se metió entre estos inéditos. No diré mucho más, salvo que es una historia que une la ciencia ficción con la literatura negra: para que les quede claro: es la historia de un hombre y una mujer que, aparente y sorpresivamente, parecen quererse.
Ese mismo hombre, años después, cuando la literatura lo puso en su lugar y le hizo ver a la mujer que “jugar al inventario” es cosa de adolescentes en celo y por tanto lo abandonó, le sacó la casa, el auto, el perro y la alegría, es el mismo personaje del microrelato “Hombre en una maceta” personaje que, ya desplumado, vive en un pequeño departamento cuyo único lujo es tener un balcón, pequeño también, con un planta, la flor federal, que terminará succionándolo hacia un pequeño mundo. Si cierran los ojos, quizás piensen en el mundo de Lisa Simpson atacado por Bart, o en alguna película como “querida encogí a los niños” o esa memorable de Denis Quaid donde se hacían chiquitos y se metían en el cuerpo para curar a una mujer, y si les pasa esto sólo les puedo decir que ustedes ven demasiadas películas de ciencia ficción, el cual es, además, el título del último de mis microrelatos en esta antología.
“Demasiadas películas de ciencia ficción” es un cuento sobre el hastío: un cuento sobre la velocidad con que pretendemos que nos sucedan las cosas, la inmediatez de que todo gire a nuestro alrededor nos puede llevar a lugares peligrosos. Nos quejamos de que los chicos se aburren enseguida. Nosotros también nos aburrimos, y rápido.
Hagamos entonces un ejercicio para demostrarlo: imaginemos entonces dos grupos cerrados, el grupo del cuento son hombres y mujeres que viajan por el espacio exterior en busca de descubrir cosas insólitas, y el otro grupo sería hombres y mujeres que esperan escuchar a unos escritores decir máximas para la posteridad y frases ingeniosas.
Leyendo el microrrelato vamos a saber cómo reacciona el grupo en una forma inesperada ante la decepción de los lugares comunes, y los que asistieron a la presentación saben cómo reaccionaron ante nuestro diálogo escueto.

6 de marzo de 2012

Poca cosa, antología de cuentos breves

Estamos ante Poca cosa, un volumen formado por 48 microrrelatos de once escritores, entre quienes hay dos extranjeros (un uruguayo y una cubana) y nueve argentinos. Si bien el número de palabras no los define, su extensión es una característica tangible que surge como la evidencia más notable desde la presentación gráfica: ninguno de los cuentos excede las ochocientas palabras. Poca cosa. Casi nada. Nada más, pero (y esta vez con marcada convicción) nada menos.

Los autores:
  • Sebastián Chilano
  • Juan Carrá
  • Guille de Horror
  • Sergio Andrés Spennato
  • Héctor Ranea
  • Daniel De Leo
  • Martín Gardella
  • Hernán Domínguez Nimo
  • Fernando Figueras
  • Ramiro Sanchiz
  • Elaine Vilar Madruga 

Prólogo de Aymará de Llano


Fecha de aparición: marzo 2012
Colección: Pequeños engendros