Entrevista publicada el domingo 5 de mayo en la contratapa del Diario El Atlántico, de Mar del Plata.
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5 de mayo de 2013
14 de abril de 2013
El equilibrio de las venganzas
Reseña de la novela Criminis causa, de Juan Carrá, publicada en el Diario La Capital del día 14 de abril de 2013. Por Fernando del Río.
1 de abril de 2013
La calle tira
Texto de contratapa de Criminis causa, la primera novela de Juan Carrá:
La calle tira. La calle llama. Y cuando la
calle te nombra es porque hiciste algo que no pasa desapercibido. Se está
empezando a hablar de vos. Bien o mal. Y no por tu nombre de pila. Ni siquiera
por tu apellido. La calle te bautiza. La calle te apoda. Y es ese mote el que
te define, ahí, por donde vas a patear. [...] Al protagonista de esta historia
—«El Cabe» como se lo conoce en la calle y lo nombran los suyos, la mayoría de
los demás personajes— el narrador elige llamarlo por su nombre y apellido:
Walter Heredia. Se nota que lo quiere. Y que le desearía un destino mejor.
Diferente. Pero eso es algo que se le escapa no solo por las malas decisiones
sino también por las compañías. Walter podría haber terminado de otra manera. Y
es tan dolorosamente cercano, tan hijo de vecino, que —aún sabiendo que se
dedica a laburar por izquierda— cuando no sea capaz de dejar tirado a un
cachivache que le pide que lo vaya a soldadear extorsionándolo con el verso de
que son amigos, uno sufre impotente la sentencia cantada: cagaste, Cabe;
cagaste.
Leonardo Oyola
11 de marzo de 2013
Criminis causa, de Juan Carrá
24 de marzo de 2012
Sebastián Chilano habla de Poca cosa (parte II)
Segunda parte del discurso (nunca pronunciado)
de Sebastián Chilano, donde nos da su opinión sobre el resto de los escritores participantes
de Poca cosa y sus respectivos
cuentos.
Después del arranque superficial de mis historias, se viene
Juan Carrá con los tapones de punta y con “La
muerte de Carla” nos lleva al dramatismo y el horror, metidos, apresados,
en los pensamientos de un asesino, y como si esto fuera poco, cuando angustiados
pasamos al siguiente microrrelato nos encontramos con “Sobredosis” donde el escritor hace gala de un conocimiento (espero
que prestado) sobre la materia. Algo aturdidos por el viaje, pasamos a la
siguiente historia y nos sentimos aliviados. Renovados. “Un beso en la mejilla” empieza así: “El mar golpea con fuerza
contra la escollera. La marea enmudece el ambiente. Santiago mira el horizonte
sin mirar. Piensa. Recuerda” bueno, al fin un poco de alivio, piensa el lector,
pero no, porque dos oraciones después dice: “A sus pies las rocas comienzan a
teñirse de rojo. Marcela sangra en el último aliento. Está irreconocible. La
bala le borró sus mejores facciones” y tras este comienzo que otra vez nos
lleva al borde de la silla, el autor diseccionará (nunca mejor aplicado el
termino para las palabras que usa este escritor enamorado del género policial)
la historia hasta saber el por qué de este crimen pasional. O no.
Guille de horror y su microrrelato “Un instante” hacen honor a todo el libro. Desde la simpleza y lo
cotidiano nos cuenta un mundo. Algo que es admirable en este tipo de
narraciones. "11:48", otro
de sus relatos también traduce al papel la lucha cotidiana con pensamientos que
nos volverían locos, o al menos asesinos, si les hiciéramos caso.
Andrés Spennato en “Usos
y destinos” nos revela las consecuencias, insospechadas, de restarle
importancia a un botón flojo. Creo que me clavé varias agujas en los dedos
después de leer esto, para no sufrir tales consecuencias. En “Viaje” dice, tomen nota por favor:
“Aquel viajero tiene la mente ocupada. Lo sé porque las mentes se parecen entre
sí, como las terminales”
Héctor Ranea nos lleva a “Lo que queda del plató” la historia de un plató donde se filma una
versión clase B de la legendaria “El exorcista” con un olor en el ambiente cada
vez más nauseabundo (y que piensan puede ser de algún animal muerto cercano) y
que lleva al director a usar las máscaras que sobraron, inútiles, de la famosa
epidemia de gripe A que tuvimos ¿tuvimos? hace unos pocos años. “Mariposas que nunca volaron” cuenta la
colección que el Dr. Beninteso deja a la posteridad, con un ejemplar muy
especial.
Daniel de Leo en "Álamos",
donde dos fuerzas destructoras, opuestas y sin razones previas se cruzan y
cercenan, unas a otras. O, más fácil, uno quiere talar un árbol y el otro
impedirlo. Mismas fuerzas destructoras, opuestas, pero esta vez con razón, que
se desatan en "Riña", en
pugna por sobrevivir. Es decir, dos mendigos pelean por un pedazo de pan.
Martín Gardella es el defensor de pobres y marginales de la
antología. Reivindica a 1) la fruta perdida (esa que en nuestros días Adán y
Eva toman convertida en sidra), 2) a los fantasmas (¿ustedes sabían que los
espectros adoran los deportes? Gardella sí, y tiene la gentileza de enterarnos)
3) a los vecinos que ocultan secretos 4) a las recetas de antaño para alejar la
mala suerte y, por sobre todas las cosas 5) a los hombres que confunden, de vez
en cuando, a qué pasa deben volver después del trabajo.
Hernán Domínguez Nimo en “El fin de mundo” le pregunta a un lector cómplice: “Qué harías tu
último día” y enseguida da paso a su propia enumeración, que es un retorno a la
infancia, de la peor manera posible porque es el último día y ya no habrá
tiempo para purgar penas.
Fernando Figueras cuenta en “Los arpistas” una hermosa historia de vidas paralelas, de espejos,
que se rompen por amor. En “Regalo de
Morfeo” la vida paralela es entre el sueño y la realidad, que no se rompen,
sino se unen en un resultado aterrador. “Diagnóstico”
empieza con un diagnóstico médico desopilante, desconcertante, y sobre todo,
perturbador: “Es una quebradura contagiosa”, dice el traumatólogo del microrrelato,
tajante en su ficción.
Ramiro Sanchiz escribe “Embalse”,
“Vacaciones para un hombre casado”,
y “Lo visible y lo invisible” tres
microrrelatos que comparten la asociación de los viajes con lo sobrenatural, en
ellos hay una hermosa asociación hacia el también uruguayo Mario Levrero, y un
gusto refinado por convertir en extraordinarios los lugares comunes de nuestra
existencia. Lo mismo sucede con “Final
del fuego” donde el viaje se hace en el agua, donde deja la playa del mundo
viejo y al regresar, el nuevo mundo será tan desconocido como efímero.
Y Elaine Vilar Madruga, en una constelación de hombres,
esta mujer supo escribir, a mi entender, la mejor de estas microficciones: “Abrir las puertas imposibles” se
llama. Es el primero de los suyos, y al leer, después, el último de los suyos
entendí que esta mujer logró escribir, a mi entender, la mejor de estas
microficciones, se llama “La columna
rota” y no me contradigo: doblo la apuesta por ella.
Sebastián Chilano habla de Poca cosa (parte I)
Esta es la primera parte del discurso (nunca
pronunciado) de Sebastián Chilano sobre su aporte en Poca cosa. Aquí nos cuenta sobre los cinco relatos de su autoría que aparecen
en la antología.
“Lagartijas brasileras” es un cuento que
nació muy largo, porque es una historia real. No la viví personalmente, pero me
la contaron unos amigos que la trajeron de un viaje y juran que es cierta. Me
gustó la historia, incluso antes de que la contaran, por tanto no habían
terminado su relato y ya me había decidido: tenía que escribir esa historia
sobre lagartijas brasileras. Es más, creo que los saqué a la fuerza inmediatamente
de casa y la escribí de un tirón, esa misma noche. Por eso, si esos queridos
amigos estuvieron presentes la noche de la presentación, quiero agradecerles, y
si no estuvieron (no los vi, pero se pueden haber escabullido) los entiendo
perfectamente y no me ofendo para nada, aunque ellos se lo pierden.
En fin, como decía, escribí la historia en una noche y la
verdad es que esa primera versión quedó demasiado extensa para mi gusto. Así
que podé y recorté el cuento hasta dejarlo casi vacío y lo dejé reposar 6 meses
o más hasta releerlo. Por supuesto que cuando lo volví a leer, todavía me
pareció largo, ante lo cual, la pregunta no fue cómo solucionarlo, sino
¿cuántas palabras inútiles tenía esa primera versión?
Sin una respuesta, sí puedo decirles que “Lagartijas brasileras” es una historia
verídica, que hice propia al escribirla en primera persona, pero a la cual no
le pude dar la resolución que le dieron los personajes que la vivieron:
lamentablemente se fueron de casa antes de contarme el final y como quise ser
fiel al relato original (no es que no se me ocurriera nada) lo dejé como
ustedes podrán leerlo.
En cambio el segundo microrrelato “El sótano de la clínica” no es una historia real, pero me
encantaría que lo fuera. Me encantaría que algún sanatorio de la ciudad tuviera
un sótano donde hubiera algo más que historias clínicas archivadas y humedad.
Tendría que haber una especie de museo de la medicina, que sería algo así como
un museo de terror con:
- Camillas ginecológicas antiguas.
- Fórceps colgando del techo.
- Aparatos de radiografía antiguos.
- Paredes adornadas con fotos en blanco y negro de quirófanos y equipos quirúrgicos de la época de oro de la Rambla, con bigotitos y ropa de hule para entrar al quirófano como si entrarán al mar.
- Estantes con las jeringas de vidrio y frascos de Erlenmeyer llenos de agua coloreada, para hacerlo más drástico.
- Piernas ortopédicas que sobraron.
- Una sección de sillas de ruedas destrozadas, de férulas y aparatos para colgar brazos.
- Un cuarto de radiografías veladas, con deformidades óseas de todo tipo, (y bien puestas, no al revés, como he visto en serias series televisivas).
- Pero claro, nada de esto hay en las clínicas que cada vez tratan de vender más “asepsia y confort”, igual que los dentífricos. Pero no pierdo la esperanza, porque después de leer el cuento, el Dr. Celser, director de una clínica de la ciudad, se entusiasmó con la idea y me juró que intentará crear una especie de inventario fantástico.
Y justamente, “Inventario”,
es el título del tercer cuento, un cuento que no es inédito, o sí, porque,
nobleza obliga, vio la luz en la columna del diario La Capital de los domingos,
en una especie de diccionario y que fue uno de los que, aparentemente, más
gustó. Por eso se metió entre estos inéditos. No diré mucho más, salvo que es
una historia que une la ciencia ficción con la literatura negra: para que les
quede claro: es la historia de un hombre y una mujer que, aparente y
sorpresivamente, parecen quererse.
Ese mismo hombre, años después, cuando la literatura lo
puso en su lugar y le hizo ver a la mujer que “jugar al inventario” es cosa de
adolescentes en celo y por tanto lo abandonó, le sacó la casa, el auto, el
perro y la alegría, es el mismo personaje del microrelato “Hombre en una maceta” personaje que, ya desplumado, vive en un
pequeño departamento cuyo único lujo es tener un balcón, pequeño también, con
un planta, la flor federal, que terminará succionándolo hacia un pequeño mundo.
Si cierran los ojos, quizás piensen en el mundo de Lisa Simpson atacado por
Bart, o en alguna película como “querida encogí a los niños” o esa memorable de
Denis Quaid donde se hacían chiquitos y se metían en el cuerpo para curar a una
mujer, y si les pasa esto sólo les puedo decir que ustedes ven demasiadas
películas de ciencia ficción, el cual es, además, el título del último de mis
microrelatos en esta antología.
“Demasiadas
películas de ciencia ficción” es un cuento sobre el hastío: un cuento sobre
la velocidad con que pretendemos que nos sucedan las cosas, la inmediatez de
que todo gire a nuestro alrededor nos puede llevar a lugares peligrosos. Nos
quejamos de que los chicos se aburren enseguida. Nosotros también nos
aburrimos, y rápido.
Hagamos entonces un ejercicio para demostrarlo: imaginemos
entonces dos grupos cerrados, el grupo del cuento son hombres y mujeres que
viajan por el espacio exterior en busca de descubrir cosas insólitas, y el otro
grupo sería hombres y mujeres que esperan escuchar a unos escritores decir
máximas para la posteridad y frases ingeniosas.
Leyendo el microrrelato vamos a saber cómo reacciona el
grupo en una forma inesperada ante la decepción de los lugares comunes, y los
que asistieron a la presentación saben cómo reaccionaron ante nuestro diálogo
escueto.
6 de marzo de 2012
Poca cosa, antología de cuentos breves
Estamos ante Poca cosa, un volumen formado por 48 microrrelatos de once escritores, entre quienes hay dos extranjeros (un uruguayo y una cubana) y nueve argentinos. Si bien el número de palabras no los define, su extensión es una característica tangible que surge como la evidencia más notable desde la presentación gráfica: ninguno
de los cuentos excede las ochocientas palabras. Poca cosa. Casi nada. Nada más, pero (y esta vez con marcada convicción) nada menos.
Los autores:
- Sebastián Chilano
- Juan Carrá
- Guille de Horror
- Sergio Andrés Spennato
- Héctor Ranea
- Daniel De Leo
- Martín Gardella
- Hernán Domínguez Nimo
- Fernando Figueras
- Ramiro Sanchiz
- Elaine Vilar Madruga
Prólogo de Aymará de Llano
Fecha de aparición: marzo 2012
Colección: Pequeños engendros
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